sábado, 8 de noviembre de 2014

Dora Maar, la fotógrafa surrealista.


Conocida sobre todo por la serie de fotografías que realiza del Guernica y por su relación con Picasso, la obra de Dora Maar es tan prolífica como notable.
Comenzó sus estudios en la Academie Lothe, para después ingresar en L’École de fotografía de la Ville de París, y tras ciertas incursiones en el mundo de la pintura es en la fotografía donde consigue destacar.

Autorretrato, 1930.

Portraits d’une femme, 1930.

Double-portrait, 1930.

Empreintes de pieds sur le sable, 1931-1934.


Dora dio sus primeros pasos en el mundo de la fotografía en el estudio del fotógrafo Harry Meerson para después formar un tándem con el también fotógrafo Pierre Keffer, instalándose junto a él en un estudio en Neuilly-sur-Seine. Maar y Keffer colaborarán con revistas de moda como Madame Figaro, realizan campañas para cosméticos y retratan a Assia, la modelo por excelencia del grupo surrealista.

Assia, 1934.


 Nude, 1934.

Hasta 1934, año en el que entra en contacto con el grupo surrealista y conoce a George Bataille sus trabajos se relacionan con el mundo de la moda y la publicidad.

Inmersa en el movimiento surrealista, sus fotografías están envueltas en un halo enigmático, místico y en cierta medida tenebroso que reflejan muy bien el propio carácter de Dora: melancólica, inteligente y emocionalmente compleja.

En sus obras Dora buscaba romper con los convencionalismos a través de la libre asociación de imágenes, buscando las formas ocultas de los objetos y creando realidades diferentes.

Una arquitectura totalmente surrealista, que recuerda en cierta medida a Chirico, conforma el paisaje y el escenario de sus fotografías, logrando de esta manera crear un aura onírica y enigmática.

Silence, 1935-1936.

Cavaliers, 1935.

29. rue d'Astorg, 1936.

Sin título, 1934.

Experimenta con el fotomontaje, el fotocollage, la sobreimpresión y el desenfoque, técnica que aprendió de Man Ray.

Jeux interdits, 1935.

Nusch Eluard, 1935.

Dream-like, 1935.

Afectada por los acontecimientos políticos que están sucediendo, marcha a Barcelona donde inicia una serie de fotografías en las que capta la realidad de un país en vísperas de guerra: pobreza, desesperación y marginalidad son el leit motiv de las instantáneas que tienen como telón de fondo los barrios trabajadores de la ciudad condal.

Mendigo Ciego, 1934.


Niño con boina, 1934.


Sin título, 1934.

Posteriormente en París y Londres, la realidad social siempre estaría bajo la mira de su objetivo, pues desde que Bataille la introdujera en el entorno político de la época, en 1934, Dora se había convertido en una tenaz activista de izquierdas que reflejaba su descontento social no solo con la firma de manifiestos y panfletos sino con sus fotografías.

Garcon aux chaussures depareillees, 1935.

Sin título, 1932.


Sin título, 1932.


Sin título, 1932.


Cuarteto de ciegos, 1934.


Lotera, 1933.

En 1936 conoce a Picasso y se convierte en el testigo más valioso de la génesis del Guernica, pues dejó documentado el proceso creativo paso a paso. 













Fotografías del Guernica tomadas por Dora Maar, 1936.

De esta época data una de sus obras más conocidas, el Retrato de Ubú, personaje inventado por Albert Jarry, que simboliza la figura de un dictador viejo y ciego que acabaría por convertirse en un icono fotográfico del movimiento.


Retrato de Ubú, 1936.

Gracias a Dora Maar y a otros artistas como Cartier-Bresson o Maurice Tabard concienciados con la situación social de su época, la prensa tradicional comenzará a evolucionar hasta el nacimiento de lo que hoy denominamos fotoperiodismo documental.

En 1945 su relación con Picasso concluye, cae enferma y su carrera artística cae en declive, tras lo cual inicia un periodo marcado por un fuerte carácter religioso.

“Después de Picasso, sólo Dios”- Dora Maar

Arrojada por Picasso a la pintura, pues el malagueño menospreciaba la fotografía, y más aún la fotografía de Dora, comienza en 1949 a pintar. Pero tras su ruptura ninguna de las vías artísticas que ella dominaba servía para dar consuelo a su dolor, de manera que entra en una vía mística e introspectiva que acabará por forjar su leyenda cuando tras su muerte se descubran en su casa parisina centenares de picassos que guardaba celosamente en una suerte de cripta-altar al dios más adorado de su panteón: Picasso.

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