sábado, 10 de enero de 2015

Niki de Saint Phalle, la historia de la mujer que esculpió la vagina más grande del mundo






Niki de Saint Phalle aprendió a curar sus heridas creando, a pelear contra el rol que la sociedad les colocó a las mujeres, sin preguntarles si les gustaba o no, durante años y años. El conjunto de la obra de esta escultora francesa, tachada hace medio siglo de superficial y ornamental, es en realidad un complejo proceso de sanación, una catarsis -tal y como explicó en una ocasión el argentino Marcelo Zitelli que durante 16 años fue su asistente personal-, llena de garra y mensaje, que le ayudó a canalizar toda la agresividad y la violencia que sentía contra sus padres: él, un estricto católico burgués que abusó sexualmente de ella, y ella, una mujer que le transmitió su sentimiento de «maternidad no deseada», promovida por la infidelidad de su esposo durante el embarazo. El fruto de esta ira, de este enredo en las tripas, fue un transgresor compendio de trabajos en forma de esculturas, que convirtió a la francesa, una vez que dejó este mundo, en unos de los grandes nombres del arte femenino de la segunda mitad del siglo XX.
Provocadora como pocas, Niki de Saint Phalle (1930-2000) empezó a darle forma, alrededor del año 1964, a una serie de voluptuosas figuras femeninas de alegres y chillones colores que más tarde se convirtieron en su santo y seña. Pero entonces, la también cineasta ya había limado las aristas de su personalidad y ya sabía hacia dónde deseaba encaminar su vida, ya tenía claro cómo domar su talento. Nacía 34 años antes, un 29 de octubre, a pocos kilómetros de París, un lugar en el que su familia de banqueros de origen estadounidense se había asentado tras haberse arruinado en el crack de la bolsa neoyorkina.
Pronto, Niki de Saint Phalle regresó al continente americano, donde, además de formarse, hizo sus primeros pinitos artísticos. Comenzó trabajando como modelo fotográfica para distinguidas cabeceras como Vogue o Harper's Bazaary y empezó a experimentar con óleros surrealistas. Conoció al que pocos años más tarde se convertiría en su marido, dio a luz a sus dos hijos, Laura y Philips, se separó y, cansada de la segregación racial y la caza de brujas, regresó a la capital francesa. Detrás de su vuelta se escondía, además, otro motivo: una profunda depresión que la mantuvo internada durante un tiempo en un sanatorio y que nunca acabó de despegársele del todo.
Una visita al parque Güell de Gaudí marcó un punto de no retorno en la vida de Niki de Saint Phalle. Desde ese momento, la artista entendió que lo que deseaba hacer era «espacios públicos» y, a partir de ahí, empezó a sembrar el mundo de esculturas de prostitutas, diosas, parturientas, novias y sus célebres Nanas, gigantescas y multicolores figuras femeninas. La provocación se convirtió en el motor de su trabajo y rozó su punto más álgido cuando, en 1966, instaló en Estocolmo la figura de una mujer yacente, embarazada, de 29 metros de largo, a la que los espectadores podían «acceder» a través de su vagina. La pieza, llena de estancias por las que los visitantes tenían la oportunidad de pasear y participar en actividades, acabó siendo clausurada tres meses más tarde.
Esta desmesurada obra fue bautizada como Hon-en katedral (Ella es una catedral) y no hizo más que completar una extensa familia de retazos artísticos en los que el sufrimiento, el remordimiento y la crítica al rol femenino establecido por la sociedad son más que una simple constante. Sus Tirs (Disparos) son el mejor ejemplo: ensamblajes a base de todo tipo de materiales y objetos, adheridos con yeso al lienzo y provistos de bolsas de plástico llenas de pintura sobre las que Niki de Saint Phalle disparaba, produciendo importantes y arbitrarios efectos de agresividad y violencia.





Pero Las Nanas clausuraron esta etapa, la más oscura de Niki de Saint Phalle, para inaugurar una época de luz y de alegría. La mujer pasó a convertirse en objeto de culto, de deseo, voluptuosa, brillante, muñecas inmensas, multicolores y optimistas que convirtieron en objeto las ganas de vivir.
La enorme mujer encita de Estocolmo fue su primera Nana y, de todas, la más excelente. Niki de Saint Phalle se había propuesto realizar la escultura más grande, más alta y más fuerte de su generación. Y lo cumplió. Elaboró también la más polémica: un museo de museos, un cuerpo femenino que albergaba genialidad en su interior, otras obras, cubículos y estancias, toboganes para niños, bancos para enamorados, un bar de leche en los senos, salas de cine que proyectaban películas mudas. Hon inauguró además el concepto artístico de escultura «habitable», le dio la vuelta a su concepción de mujer como objeto sexual y enfrentó a los hombres a su secreto horror frente a la anatomía, pura y dura, femenina.
Niki de Saint Phalle siguió hasta el fin de su vida moldeando Nanas en poliéster, un material que el resto de artistas dejaron de utilizar por su alta toxicidad. A la francesa le dió igual. Continuó, desafinante, retocando magistrales figuras, que no eran más que su alter ego: grotescas, vulgares. Poco después, su segundo marido y compañero de labores la abadonó por una joven suiza a la que había dejado embarazada. Este nuevo bache solo hizo que la máquina creativa de Niki volviese a activarse. De la tristeza, la escultora creaba alegría. Del desasosiego, lotes de objetos que regalaba al mundo como un grito desgarrado. Dedicó sus últimos veinte años a crear el primer parque escultórico hecho por una mujer. El jardín del tarot la mantuvo en pie, le dio fuerzas a sus más que resentidos pulmones y en 1994 decidió seguir, al fin, el consejo de sus médicos y se trasladó al sur de California. Seis años más tarde falleció.

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