miércoles, 9 de septiembre de 2015

El alucinante viaje de Muriel Barbery al país de los elfos




No hay nada más parisino que la elegancia de Muriel Barbery (Bayeux, Francia, 1969), porque nada es más elegante que la humildad. Habla de su infatigable viaje en busca de un lugar en el mundo donde hallar refugio y encontrarse en comunión con su entorno. Nada especial, es el trayecto de cualquiera de nosotros. Pero ella destila cada experiencia en sus novelas, que aparecen para dejar testimonio de un recorrido vital. Siempre emocionante.
Hace ocho años, en La elegancia del erizo (Seix Barral) descubría la grandeza de seres anónimos y la miseria de la burguesía francesa. Cultivó más de seis millones de lectores y una adaptación cinematográfica que alejaron a Muriel de su vida en las escuelas, pero no tan lejos de sus clases de filosofía: “Cuando se comprende es más fácil perdonar. Pero cuando no se comprende, se perdona para no sufrir. Vas a perdonar cada mañana sin comprender y tendrás que empezar de nuevo a la mañana siguiente, pero al fin podrás vivir sin odio”, escribe en su nuevo libro, La vida de los elfos (también Seix Barral), un título que aclara que ha cambiado la cruda realidad por la más tierna fantasía.
Reconoce que la demanda de una segunda parte de su éxito era muy fuerte, pero para ella era imposible. Por eso volvió a forzar el nacimiento de una nueva autora que quiere “construir universos” y demostró su incapacidad para tomar la autopista de lo previsible: fraguó una novela cosida por la poesía que revela un mundo imaginario en el que la infancia y la inocencia son los protagonistas.
María, vive en un recóndito pueblo de la Borgoña; Clara, una niña enviada a Roma para desarrollar su prodigioso don para la música. Las dos mantienen un vínculo especial, están en contacto con el mundo de los elfos. Son capaces de ver más allá de lo que ven el resto de los mortales.

Esta es la primera entrega que se rematará con una guerra. “La decadencia de nuestras brumas no sólo amenaza la belleza de nuestras tierras. Si las brumas desaparecen, nosotros también desapareceremos”. Es el aviso de la última escena del libro. Ya entienden, si dejamos de imaginar, de soñar de desear un mundo mejor… Será el final.
En el mundo armónico que está creando “el ser humano forma parte de la naturaleza”. Por eso acude una y otra vez a la referencia asiática, a Japón, donde ella encuentra la perfección. Trató de hacer una novela sobre su tierra de adopción, pero fracasó: “No tenía que escribir sobre el Japón, sino sobre un sitio que estuviese cerca de mi corazón”.
Detiene la entrevista y abre el libro para leer una cita que ha tomado de El libro del té: “Mañana, aquellos cuyos anhelos atesora el enemigo se despertarán en un mundo moderno, es decir, viejo y desencantado”. Dice que seguimos en el mismo estado que hace siglos, en la decepción del progreso. Muriel siempre vuelve a la naturaleza.
En La vida de los elfos ha amarrado las licencias espontáneas que liberó en La elegancia del erizo para soltar el relato. Esta vez ha preferido amarrar, estrechar sus licencias, elaborar una voz en tercera persona barroca, intensa y repleta de símbolos. Esa ha sido la mayor exigencia, el tránsito más doloroso. Ahondar en la expresión y en uno mismo: “El amor no salva, eleva y crece, nos trae lo que ilumina y lo esculpe en madera de bosque. Anida en el hueco de los días de nada, de las tareas ingratas, de las horas inútiles, no se desliza en balsas de oro por ríos relumbrantes, ni canta, ni brilla y nunca proclama nada”. Si el amor no salva, que nos rescaten los elfos.

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