domingo, 17 de julio de 2016

Andrea Santolaya se sumergió en las aguas de la etnia warao


 Andrea Santolaya se sumergió en las aguas de la etnia warao
"Waniku. Donde retumba el agua" reúne las fotografías del viaje de Andrea Santolaya - Rafael Briceño

Andrea Santolaya se internó durante tres meses en los paisajes acuosos del Delta del Orinoco para fotografiar a la etnia warao. En el proceso de aproximación a la comunidad indígena, comprendió que en un lugar que está fundado sobre las aguas el tiempo transcurre misteriosamente.
La intención de su proyecto fotográfico, llamado Waniku. Donde retumba el agua, a inaugurarse este domingo 17 de julio en la Galería Freites en Caracas, está muy distante de ser una propuesta antropológica o sociológica. Lo que le interesa a Santolaya es proponer una interpretación de la mitología warao a través de su lenguaje fotográfico. 
“Lo que me interesaba no era tanto mostrar a los indígenas como se le suele representar en la sociedad occidental, sino ver de qué manera llegaron a ese lugar y cómo ellos lo entienden a través de su mitología, que es transmitida de manera oral”, explicó Santolaya.

Las mujeres de la Osa Mayor
La muestra comienza con una fotografía de una flecha. Santaloya la escogió como punto de partida, atendiendo a la leyenda originaria de la etnia: los waraos vivían sobre las nubes. Un día, un warao llamado Brazo Fuerte, disparó su arco para cazar un pájaro pero falló y la flecha abrió un hueco que conducía a la tierra. De esa forma todos descendieron a la misma y poblaron el Delta del Orinoco de manera definitiva. Sin embargo, Santolaya cuenta que una mujer quedó atrapada y terminó por convertirse en la constelación de la Osa Mayor.
En el texto curatorial, Toto Aguerrevere expresa: las mujeres waraos “flotan porque ven a la Osa Mayor y divisan a su abuela, aquella mujer embarazada cuyo muslo atascado tapó para siempre el hueco que conectaba el cielo de los warao con esta tierra".
A partir de esa leyenda se teje todo el entramado simbólico de la muestra de la fotógrafa española que tiene como “columna vertebral” los retratos de siete mujeres de la etnia warao que representan las estrellas de la Osa Mayor. 
Santolaya retrata a las siete mujeres sumergidas en el agua flotando sobre una especie de lienzo. Su planteamiento abordó el elemento de la feminidad, teniendo como referencia la muerte de Ofelia (quien se suicida ahogándose en un río) y siguiendo las inquietudes que le surgían con respecto a los trajes capuchinos que usan los waraos. “Las mujeres en el agua no son un rito. Puede pensarse que retraté algún tipo de rito, pero no. Es una representación de las estrellas. Ellas sí se bañan vestidas en el agua, pero para mi fotografía hicimos un retrato con un lienzo que es el agua, su estado natural”, explicó.
Y, agrega: “Me interesaba mucho trabajar sobre la idea del traje warao que trajeron las misiones en 1600. El traje warao es fruto de la aculturación que trajeron los monjes capuchinos y sin embargo ellos la adaptaron a su cultura. Hoy en día eso se está acabando. Es interesante ese convenio entre la desnudez, el traje y la relación con el agua”, señaló la española.
De pequeñas comunidades a un lenguaje universal
Lo que propone Santolaya es una ficción atemporal que trata de reconstruir las creencias que explican la existencia warao. “El pueblo warao es maravilloso y muy abierto. El agua es el modo de vida principal, es todo lo que les rodea, no hay prácticamente tierra firme, y el hecho de no haber tierra firme hace que el paso del tiempo se geste de otra manera, ya sea por la incomodidad de la temperatura, la humedad, y porque todo se gestiona a través de las mareas". 
La muestra se llama Waniku, que en warao significa luna y es ésta la que rige todos los cambios de mareas que configuran la dinámica cotidiana de la etnia.
Santolaya hizo un primer viaje de reconocimiento al Delta y luego convivió con la etnia y desarrolló este trabajo. “Para comenzar a hacer un proyecto necesito un acceso, el acceso puede ser tanto físico, geográfico, moral o psíquico. Para mí el hecho de estar ahí, poder convivir y poder tratar a las personas de manera individual, sin una presión de tiempo y sobretodo bajo el hecho de que hay un diálogo, es importante”, 
Lo dice quien tiene al menos diez años trabajando con comunidades pequeñas con las que establece previamente una relación de diálogo y hasta de amistad. Bajo ese método de trabajo ha retratado desde un equipo de rugby, bailarinas del ballet ruso, hasta mujeres boxeadoras. Actualmente su trabajo se enfoca en la convivencia con rusos ortodoxos en Alaska, “que se exiliaron para poder mantener su fe y llevan 400 años en eso”, cuenta la artista. 
“Mi manera de trabajar desde la fotografía, no implica llegar a un lugar, fotografiar e irme. Necesito un conocimiento previo, una apertura al diálogo y una aceptación. Es a través de esa experiencia que comienzo a entablar una conversación e intento que el trabajo diste de una imagen arquetipada”, expresó la joven fotógrafa. 
Para Santolaya la fotografía es fundamentalmente un “medio de aproximación”; tanto es así, que la fotógrafa adjudica al oficio su curiosidad. “Si no fuese por la fotografía yo no tuviese esa curiosidad por adentrarme en mundos totalmente ajenos”. Agrega: “Siempre trabajo con comunidades muy pequeñas y con la historia que está detrás, de manera que desde lo local encuentre un ámbito mucho más universal”.
El comienzo y el proceso
“A los 15 o 16 años cogí mi primera cámara. Me metí en un cuarto oscuro y nunca más salí de él”, rememora la fotógrafa que comenta haber trabajado en la serie de Waniku de dos formas distintas. 
“El grosso de la exposición son gelatinas de plata en blanco y negro, positivas, a mano, con las que he estado metida en el laboratorio y parten de un negativo analógico”. Por otro lado, “las mujeres fotografiadas partían de un negativo digital. Yo hice el proceso inverso a lo que suele hacer la gente, de un negativo digital saqué un negativo a escala natural y por contacto saqué un positivo en película”, explicó. 
El deseo de Santolaya era lograr que todo el conjunto de fotografías tuviese una atmósfera o ambientación similar, así como lograr una atemporalidad que le imposibilite al espectador reconocer en cual fecha fueron fotografiadas. 
El público podrá disfrutar de la exposición en la Galería Freites hasta el mes de septiembre de lunes a viernes de 9:00 am a 1:00 pm y de 2:00 a 5:30 pm; los sábados de 10:00 am a 2:00 pm, y los domingos de 11:00 am a 2:00 pm. La entrada es libre.

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