domingo, 17 de mayo de 2015

Cuando París era mujer





Nadie ignora que el París de las primeras décadas del siglo XX fue la capital de las vanguardias, pero muchos no saben que estas se fraguaron al abrigo de un sinfín de sinergias femeninas sin las cuales no se entenderían. Sinergias que en 1987 se ocupó por primera vez de desgranar la estadounidense Shari Benstock bajo el título Mujeres de la Rive Gauche. París 1900-1940, un estudio muy aplaudido que publicó aquí Esther Tusquets y que sigue siendo hoy imprescindible para entender ese periodo desde la rebeldía, es decir, sin acatar a pies juntillas su supuesta hegemonía masculina.
Al albur de esos felices años de entreguerras que también, y tan bien, describió Herbert Lottman, germinó el talento de mujeres de pelajes muy distintos, aunque muchas de ellas tuvieran en común su condición de norteamericanas: escritoras (Colette, Gertrude Stein, Djuna Barnes, Renée Vivien…), editoras (Nancy Cunard…), pintoras (Romaine Brooks…), periodistas (Janet Flanner, Solita Solano…), fotógrafas (Gisèle Freund), artistas polifacéticas como Mina Loy y tantas otras. Movida por el escenario iluminado por Benstock, a la neoyorquina Andrea Weiss le dio por recorrer la orilla izquierda del Sena y en el parisino distrito VI, de la rue Jacob al Café de Flore o la Brasserie Lip, halló las trazas de esas aguerridas damas, cristalizando sus pesquisas en un jugoso documental dirigido por Greta Schiller.
El suyo fue un trabajo de historiografía feminista no exenta de una notable carga lésbica, pues discípulas de Safo fueron buena parte de las componentes de esos círculos, siendo Weiss conocida también como coautora, junto a Schiller, de Before Stonewall: The Making of a Gay and Lesbian Community, que de libro pasó a documental y le valió un Premio Emmy. Ahora realiza el camino inverso convirtiendo el citado filme sobre las mujeres de la Rive Gauche en ensayo y da cauce literario a ese acervo de documentación que ya había “desclasificado” en París era mujer. Retratos de la orilla izquierda del Sena.


Un texto el suyo rico en revelaciones y matices al que incorpora reproducciones de piezas tan fascinantes como algunas de las cartas de rechazo a la publicación de las obras crípticas de Gertrude Stein, que los editores insistían en no entender, o las fotografías del mago de Stratford-upon-Avon que presidían la Shakespeare and Company, regentada por la dadivosa editora del Ulises y cuya historia reconstruye Jeremy Mercer en La librería más famosa del mundo(Malpaso); una librería que no hubiera sido posible sin el cheque de 3.000 dólares que le madre de Sylvia le envió en 1919, también reproducido aquí.
A ese local de la rue de l’Odéon, lugar de cita obligada, se suman dos domicilios particulares transformados en caldo de cultivo de toda suerte de alianzas y proyectos: mientras la peculiar pareja formada por Alice B. Toklas y Gertrude Stein organizaba los sábados en su salón tertulias abstemias a base de té, Natalie Barney, apodada “La Amazona”, gustaba de organizar teatrales y bien regados encuentros en los que no faltaban los sándwiches de pepino, homenaje a su querido Oscar Wilde. Escribe la autora con gran puntería: “Su Académie des femmes fue la respuesta a la Académie Française, la venerable y miope institución que excluía a las mujeres”.
Cabe mencionar que de esas idas y venidas ya dio cuenta como testigo privilegiada la periodista Janet Flanner en sus crónicas parisinas, publicadas en The New Yorker durante la friolera de cuatro décadas. En ellas se adelantó a la hora de dejar constancia de que París no fue en aquellos años tan sólo el reino de Picasso, André Breton o Hemingway, sino también una fuente de inmensa riqueza artística en clave femenina. Lamentablemente la Historia arremetió sin piedad contra la efervescencia cultural de la Ville Lumière y Nueva York se aprestó a recoger el testigo. De ese ocaso habla Alan Riding en Y siguió la fiesta. Entonces, algunos y algunas fingieron que los malos tiempos seguían siendo buenos para la lírica, como evidencia el carnet de miembro del Racing-Club de France que Natalie Barney renovó en 1939, mientras muchos se entregaron a la nostalgia. “Daría cuanto tengo, menos lo que París me dio, para volver a la ciudad tal como era entonces, por sentarme a la mesa del bistro, que apoyaba las patas de hierro en el serrín que soltaban las cestas de escargot”, escribió Djuna Barnes en un doliente artículo escrito durante la ocupación y dedicado a los años del esplendor donde tanto ella como otras damas sobradamente preparadas sí fueron también protagonistas de excepción.

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