domingo, 21 de agosto de 2016

Las pintoras surrealistas destacaron por sí mismas


El surrealismo ha sido el movimiento de vanguardia que más mujeres aglutinó en sus filas y en el cual se desarrolló el cometido más complejo para las artistas. Proclamó la imagen de la mujer como ser espontáneo e intuitivo y apoyó su creatividad, todo ello dentro de un contexto social en el que las mujeres reivindicaban el derecho al trabajo y al voto.
Dorothea Tanning, "A little night Music" 1946
Dorothea Tanning, “A little night Music” 1946
Muchas mujeres se acercaron al surrealismo, entre las más conocidas Frida Kahlo, Remedios Varo, Leonora Carrington, Dorothea Tanning y Maruja Mallo,  atraídas por el hecho de que este movimiento fomentaba un arte en el que predominaba la realidad personal. En muchos casos tuvieron acceso al mismo debido a las relaciones personales con hombres del grupo, y no por un interés político o teórico. Las artistas quedaron siempre fuera del círculo de poetas y pintores que redactaron los manifiestos y formularon la teoría surrealista. André Breton era el portavoz y el que declaraba quién pertenecía o no al movimiento, y en sus declaraciones siempre los integrantes eran hombres.
Leonora Carrington, "Personajes fantásticos"
Leonora Carrington, “Personajes fantásticos”
Remedios Varo, "Carácter"
Remedios Varo, “Carácter”
Las mujeres surrealistas pronto se sintieron ajenas a la teoría que este movimiento tenía sobre la mujer: conformaba y completaba un ciclo masculino creador y realizaba violentos asaltos a la imagen femenina. Por tanto, las artistas se volcaron hacia su propia realidad y muchas de ellas realizaron su obra madura una vez que abandonaron el círculo surrealista. Pero hay que apuntar que ellas realizaron magníficas contribuciones al lenguaje del surrealismo.
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Dorothea Tanning, “A little night Music” 1946
Diferentes historiadoras de arte norteamericanas se han empeñado en considerar a las mujeres del surrealismo como víctimas de sus compañeros masculinos. No obstante, como señalaron en su día otros estudiosos, este juicio olvida  los vínculos de amistad, de amor y de admiración que tantas veces se dieron entre hombres y mujeres del grupo. Por otro lado, es cierto que el Surrealismo apreció el arte femenino, que incluso lo divulgó en sus manifiestos y en sus libros, pero a nivel personal, en el trato cotidiano, siguió una dinámica secular que atribuía al varón todos los derechos y, de paso, convertía a la mujer en una simple impulsora de la actividad masculina.
Sobre las mujeres surrealistas, en su mayoría jóvenes, bellas y cultas, se puede decir que vivieron un sueño de emancipación total, que en algunas ocasiones se hizo añicos. En general, se mostraron conscientes de su valía como artistas, cuando esa era su vocación, y no escatimaron críticas a una sociedad que pretendía situar a las féminas en un segundo lugar. No en vano la mujer de inicios del siglo XX, tras una larga lucha por sus derechos, todavía constataba que en su camino se alzaban múltiples escollos e innumerables trabas.
Algunas veces, aun compartiendo talento e ilusiones, la mujer surrealista se doblegó ante la supuesta superioridad de su compañero. Ese fue el caso de Sonia Delaunay, por ejemplo. También se dio el caso de que algunas de ellas, consagrándose por entero a una relación sentimental, se dejaron llevar por el río de la vida y luego, cuando se sintieron abandonadas, cayeron en las simas más profundas. Así le sucedió a Dora Maar en su relación con Pablo Picasso.
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Remedios Varo, “Centaur tower landscape”
Claro está que no todas las mujeres surrealistas antepondrán lo personal a lo laboral. Muchas vivirán con libertad múltiples relaciones al tiempo que proseguirán con su labor artística, que jamás abandonarán, como Maruja Mallo. Algunas incluso, como Leonora Carrington, expresarán con absoluta claridad el gran fraude que, según ella, supuso el Surrealismo para las mujeres.
Las mujeres surrealistas dedicadas al arte, a pesar de ser silenciadas en los manuales, incluso en los literarios, comparten con los hombres la circunstancia de que sus obras poseen, en general, una innegable calidad. No obstante, el Surrealismo les concedió un lugar secundario entre sus filas.
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Dorothea Tanning, “A little night Music” 1946
En su lucha por la emancipación, Leonora Carrington muestra su rechazo ante las imposiciones sociales inherentes al género femenino. Tanto en sus cuadros como en sus cuentos, novelas y obras de teatro, expresa de mil maneras su rebelión ante los estrechos límites que se le marcaban a la mujer. La hipocresía que observa a su alrededor la denunciará en la mayor parte de sus obras y también en las entrevistas que concedió a lo largo de su vida. Muy próxima a Remedios Varo, a la que admiraba, forma con ella uno de los dúos más críticos ante la sociedad patriarcal.
Dorothea Tanning, "Voltage" 1942
Dorothea Tanning, “Voltage” 1942
Dorothea Tanning, "Simbolismo"
Dorothea Tanning, “Simbolismo”
En esa misma línea encontramos también, y en mayor medida, a la escritora y fotógrafa  Claude Cahun que estuvo en el núcleo del movimiento surrealista. Su expresión artística refleja una búsqueda incesante de sí misma. Su mayor reivindicación es la denuncia de los estereotipos de género. Aunque Cahun se declare abiertamente lesbiana, como también lo fue Alice Rahon, no por ello deja de ser consciente del reparto desigual de papeles entre ambos sexos.
De ese modo, se deduce que las mujeres surrealistas deseaban una promoción personal y social. Y, además, denunciaban la situación secundaria a la que todavía se veía sometido el sexo femenino. Su caballo de batalla fue, muchas veces, su propia obra, en la que plasmaron sus quejas y también sus sueños de cambio y de renovación. La mayor parte de ellas mostrará su desacuerdo en aceptar el papel de simples compañeras o musas. Querrán ocupar su propio lugar, sin renunciar por ello a su vida sentimental y privada.
FRANCESCA SUNDSTEN 67
Francesca Sundsten, 1967
francesa sundsten
Francesca Sundsten
Cierto es que el Surrealismo fue el movimiento vanguardista que más mujeres aglutinó entre sus filas, pero a un tiempo proclamó que lo femenino era sinónimo de intuición. Y, de ese modo, lo situó en el terreno movedizo de lo no consolidado. No solo en lo relativo a la conducta personal, sino también en el aspecto artístico. El Surrealismo aceptó entre sus filas a mujeres claramente lesbianas. No podía esperarse menos de un movimiento que proclamaba la libertad sexual. Esas mujeres aportaron al grupo una nueva dimensión del erotismo y, muchas veces, una recreación del mito del andrógino que tanto había atraído a Breton.
Gisèle Prassinos y Leonora Carrington
Entre las rebeldes heterosexuales, conviene citar en primer lugar a Gisèle Prassinos, natural de Estambul, donde nació en el año 1920. A causa de la guerra greco-turca, su familia se vio obligada a exiliarse y se instaló en París. Su producción artística osciló siempre entre la pintura y la escritura. Como escritora, se dedicó a la poesía y a la novela, y como dibujante-pintora pasó por diferentes fases. En su vejez, esta última actividad se convertirá en su ocupación predilecta.
Leonora Carrington "El mundo mágico de los mayas" 1964
Leonora Carrington “El mundo mágico de los mayas” 1964
Prassinos encandiló a los surrealistas con solo catorce años, porque ya por entonces era capaz de escribir textos automáticos. Más adelante, se alejó del grupo, aunque no de sus ideas motrices, tal como puede observarse en 1967, cuando comience a crear su Biblia Surrealista, terminada veintiún años más tarde.
En una entrevista, Prassinos afirmó que los surrealistas la intimidaban, que la trataban como un objeto y le llamaban “mujer-niña”. De hecho, dijo, no hablaban de ella como de una persona, sino como de un fenómeno. Cuando le hicieron una foto recitando sus textos automáticos, confesó que la habían maquillado y que le habían pintado los labios. Se sentía incómoda. Por eso y por todas las miradas fijas en ella. No se trataba de que la exhibiesen, dijo, sino de ilustrar sus teorías. Ella era la prueba de que el inconsciente existe y puede funcionar.
El número 9 de la revista Revolución surrealista (1927) inauguró la época de la “niña-mujer”  que dominará durante año las  imágenes eróticas de movimiento. Gisèle Prassinos, la más joven del grupo, aparece en la portada como un  emblema. La publicación de su primer libro a la edad de catorce años,  hace coincidir la eclosión de la mujer-niña con el nacimiento de su carrera artística. Mujer-niña, ángel erótico / bruja virgen, asegura cierta ambigüedad sexual. La pureza de la inocencia es tal que a veces bordea la perversión absoluta. Esta es, sin duda, el origen de su fuerza subversiva. Esto, al menos desde esta perspectiva es la foto en la primera plana de esta edición de la revista surrealista en la que puede verse a Gisèle como una vampiresa, vestida de colegiala. La mujer resulta un elemento  políticamente subversivo.
El ambiente cultural de México, adonde emigró huyendo de una Europa convulsa, ejercerá gran influencia en Carrington, que entra a formar parte de inmediato del círculo de emigrados famosos, como Remedios Varo y Benjamín Péret. También frecuenta a Diego Rivera, Frida Kahlo y Octavio Paz, entre otros. Péret, Francés y Carrington eran de los pocos europeos a los que Frida Kahlo permitía acceder a su estudio en los años cuarenta.
Como escritora, compuso una obra literaria notable, con un estilo similar al de su obra plástica. Destacan sus novelas La dama oval ( 1939 ) y La puerta de piedra ( 1976 ), también sus obras de teatro Penélope ( 1994 ) y La invención del mole ( 1960 ). La obra de Carrington, portentosa, ha maravillado a los entendidos. Los surrealistas, incluidos Breton y Dalí, no ahorraron elogios sobre su pintura, opinión compartida por Max Ernst, Wolfgang Paalen y Luis Buñuel. Pero Carrington sufrió a un tiempo las limitaciones que se le imponían por ser mujer.
Yayoi Kusama
Yayoi Kusama
Sobre el papel de las artistas en uno de los movimientos más innovadores y de efectos más duraderos del arte contemporáneo, a modo de conclusión, se podría decir que lo que llama poderosamente la atención es la actividad artística que llevaron a cabo muchas mujeres surrealistas. Cierto es que la mujer, en general, había ido accediendo a mayores niveles de cultura a medida que se acercaba el siglo XX, en que finalmente se le permitió la incorporación a los estudios superiores, no sin reticencias por parte de amplios sectores sociales. Cierto también que en algunas artes, como la literatura, contaban con predecesoras. Pocas, pero ilustres. Ahora bien, la incursión de la mujer en otros ámbitos como el de la escultura, la pintura o la fotografía era algo realmente novedoso.
Remedios Varo, "Jardín del amor" 1951
Remedios Varo, “Jardín del amor” 1951
Todas las surrealistas, de alguna manera, vivieron la vorágine de la creación. Directamente cuando el arte era su propio vehículo de expresión; de forma refleja cuando ellas mismas servían de musas o de modelos para el artista. En el primer caso, mostraron la faceta que siempre se quiso escamotear a la mujer: la expresión del virtuosismo que se presuponía producto masculino, como consecuencia del ejercicio de la razón. 

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