domingo, 21 de agosto de 2016

¿Por qué había que estudiar para ver a Susan Sontag?



Para encontrarse con Susan Sontag había que estudiar muy bien a Susan Sontag. Odiaba los lugares comunes, los chistes fáciles y los juegos de palabras. No te dejaba suponer ni irte por las ramas. Estaba atenta como un águila. Cuando te desviabas de su libro de estilo de entrevistada te miraba como si te mordiera la mano.
Cuando llegó a Madrid, en la primavera de 1978, ya tenía el mechón blanco. Sus ropas holgadas, sus pantalones, sus zapatones, el color negro, el violeta. Interrumpía las preguntas si éstas se desviaban o apuntaban a generalidades. ¿En qué contexto escribe usted este libro de ensayos? “Yo no escribo mis libros en un contexto: los escribo en mi habitación”.
Era muy difícil arrancarle una sonrisa. Su carcajada acababa pronto, como si el ánimo hubiera que administrarlo. Esa vez vino al estreno español de la película Morir en Madrid que produjo Nicole Stéphane, la actriz y cineasta francesa con la que tuvo una larga relación sentimental. Recién enterrado el franquismo, ella pensaba que la Gran Vía se iba a cerrar para ese estreno. “Mis amigos en Nueva York creían que venía al final simbólico de la Guerra Civil”. Pero ya España pensaba en otra cosa. “Cuando yo llegué a Madrid me di cuenta de que el estreno de la película no resultaba tan histórico ni tan simbólico”.
Ya había pasado lo peor de su enfermedad, un cáncer. Ese mal causó estragos en su cuerpo y le dio velocidad a su vida. Ni un minuto sin actividad, una curiosidad abrasadora. Como si se comiera el tiempo.
La enfermedad y sus metáforas fue su libro sobre esa lucha decisiva contra el mal. De ahí quedó, como una bandera, ese mechón blanco. Quería estar a la vez en el Prado y en Lucio, y en las ventas de la calle, en la Feria del Libro, despierta a todas horas, se llamaba Susan Energía. La vida tenía que ser un ruido. En Cartagena de Indias, muchos años más tarde, convertía hasta la piscina en un ring de sus luchas. ¿Estar quieta en el borde? Qué va. Nadar, nadar, nadar hasta el olvido. En aquella atmósfera de humedad al 90%, al atardecer gris del Caribe, ella entraba y salía del agua oscura, vestida de negro. Chorreando como si sudara. Ahí mismo, en Cartagena, sintió que tenía que desafiar la atmósfera, y cruzó calles en busca de exposiciones o fetiches, sudando su maratón humano, huyendo del silencio de los sitios. En la cena que le dieron sus anfitriones sintió que la herían con su desconocimiento… de Susan Sontag. Y estuvo sin hablar hasta después de la sobremesa, como una niña ofendida. Al día siguiente le dijeron, yéndose ya del Caribe: Quizá debió ser usted más conmiserativa. “¿Me porté mal? ¿No tuve una actitud adecuada?” Nunca antes, ni después, vi sollozar a Susan Sontag. Pero ese día lloró, arrepentida de ser la niña que tenía por dentro.
Quiso conocer a José Saramago, ver en Lanzarote (donde pudo haber transcurrido su El amante del volcán, que sucedió en Nápoles) la geografía de César Manrique. Saramago era una obsesión, su escritura escueta, hecha con fuego, tan terrenal. Estaba exultante, una joven Susan entre aquellos volcanes. El distribuidor de sus libros en la isla preguntó “por qué Susan Sontag va a este hotel en concreto”. De todo lo que escuchó ella entendió la palabra “hotel”. Y preguntó:
—¿Ha dicho que quizá este no es el hotel que me merezco?
Le gustaba deletrear nuestra lengua, sus nombres propios (Juan Goytisolo, Federico García Lorca, Carlos Fuentes, Pedro Almodóvar, Vicente Molina-Foix), pero no dominaba el idioma. A la vuelta de aquel viaje a la geografía de Saramago (y de Manrique) un amigo al que ella admiraba le dijo: “¿Y qué se te ha perdido en Lanzarote?” Ella miró a su editor, que la había llevado de viaje, y le preguntó:
—¡Eso! ¡¿Por qué me has llevado a Lanzarote?!
Susan quería una cosa y la contraria a la vez; vivía pendiente del mundo entero, de las noticias, como si fueran volcanes o metáforas. Y de sí misma, claro. Un escritor había enviado a EL PAÍS un artículo sobre El amante del volcán. “Y mira, Susan, han preferido dar otro. He roto el mío, naturalmente”. Su mirada bramó, como si el restaurante se hubiera prendido del fuego de sus ojos y éstos incendiaran al culpable.
En momentos pacíficos amaba los mariscos, la comida japonesa, los restaurantes que ya conocía, los nombres propios, la cultura, las referencias. Llegó a Madrid (para firmar libros, El amante del volcán) y casualmente fue a su caseta la Reina de España de entonces (1995). El libro pasaba en Nápoles y ella y Doña Sofía departieron como coetáneas que hubieran nacido en el mismo sitio. Luego EL PAÍS la sacó en la portada. Cuando se presentó la novela, unos días más tarde, la gente no cabía en el Círculo de Bellas Artes. Ella estaba al lado de Saramago, de Goytisolo, de Molina-Foix, y era feliz, sonreía. Ahora, por decirlo así, se había parado la Gran Vía para un estreno suyo.
Te podía desarmar con una mirada, con un desdén. Pero había en su carácter algo que parecía a la vez un volcán y un tormento, una furia de búsqueda y de huida. Su hijo, David Rieff, ensayista, escritor, editor, que fue con ella a Lanzarote y que fue quien organizó que descansara para siempre en París, cerca de donde también está enterrado Samuel Beckett, escribió un libro conmovedor sobre ella (Un mar de muerte. Recuerdos de un hijo). Ahí Rieff recoge un poema de Philip Larkin sobre el terror a la muerte y él mismo dice de su madre: “Murió como había vivido: sin reconciliarse con la mortalidad, incluso después de haber sufrido tanto dolor; y ¡cuánto dolor sufrió, por Dios!” Le hubiera querido decir a su madre (“la melena canosa y negra y la intensidad de los ojos oscuros”): “No te deleites tanto con la vida, siempre la valoraste demasiado”.

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