viernes, 3 de julio de 2015

Amelia Valcárcel: “Me gustaría decir que la desigualdad está solucionada”




Amelia Valcárcel es una de las voces más representativas de la lucha por la igualdad de la mujer. Por edad, inteligencia y formación académica, esta filósofa tiene un discurso perfectamente construido, pasando del clasicismo de la antigua Grecia a las virtudes de Facebook, con una fluidez y coherencia absolutas. Un academicismo que deja paso a dos características que no quiere ocultar: una firmeza indestructible, militante, en todo lo que defiende o repudia, y un espléndido sentido del humor en sus respuestas.
Se despierta usted en el año 2150. ¿Qué papel cree que estarán jugando las mujeres dentro de un siglo? El camino hacia la igualdad, al menos en las democracias, es imparable. Y lo es porque, dentro de nuestras sociedades, la paridad se vuelve un objetivo irrenunciable en el sentido de que, si tenemos a las mujeres ocupando por ejemplo el 60% de la enseñanza superior, ¿cómo impedir que estén en la mitad de los sitios, puesto que tienen la formación precisa para ello? Pero cuidado, que las mujeres logren una sociedad paritaria que tenga en cuenta sus espacios de libertad y les permita vivir como individuas depende de si la democracia, como sistema completo de valores, es un éxito. De no serlo, volveremos a un estado de desigualdad como desgraciadamente todavía existe en muchos lugares. Solo hace falta cruzar el mar y nos los encontramos.
Tendríamos que estar empezando ya a hacer las cosas de otra manera… Por supuesto. Si estamos hablando de la capacidad de las mujeres de ser individuos, hay algo que está ocurriendo ahora, que es determinante y que te demuestra ese cambio: la bajada de la natalidad. Cuando en una sociedad las mujeres advienen a un cierto tipo o grado de libertad, la natalidad baja. Y eso está ocurriendo, además, en todo el planeta –con alguna excepción, como Yemen– y con todo tipo de Estados. Creo que es lo más extravagante que está ocurriendo en este momento. El planeta está ocupado por sociedades que tienen ideas muy diversas sobre lo que las mujeres son y tienen que hacer, incluso sobre el aborto o los anticonceptivos, pero el hecho incontestable es que las mujeres en todo el planeta, sin ponerse de acuerdo, están teniendo menos hijos. Y ese dato resulta muy significativo de la nueva capacidad de la mujer de ser sujeto…
Hace 10 años, también en EL PAÍS, usted le dijo a Malén Aznárez lo siguiente: “Hemos conseguido mucho, ¿pero en los grandes poderes económicos dónde estamos [las mujeres]? ¿Y en el poder mediático, quién forma las opiniones? ¿Quién compra carne humana? ¿En el poder religioso, dónde estamos si alguien habla con los dioses y cuenta lo que estos le transmiten –lo hayan hecho o se lo inventen–?”. ¿Ha acabado ya esa situación o tiene visos de desaparecer en unos años? Pues según la agenda feminista y democrática, no. Hemos logrado limar alguna de esas asperezas, es cierto. Pero en los poderes económicos hemos avanzado poco.
Tampoco parece que esta desigualdad se haya superado del todo en los equipos directivos de las empresas. Leo una noticia reciente: “En la sede principal de Silicon Valley se trabaja para intentar aumentar la presencia femenina en un entorno donde el 90% de los que montan startups son hombres”. Es muy extraño. Pero sí, qué pena, me gustaría mucho decir que la mitad de esas cosas ya están en trance de solución. Pero no es cierto. Lo único que ha cambiado es que los asuntos feministas cada vez están más presentes en el conjunto de la agenda de la democracia, que ya forma parte también de la de los varones de una sociedad correcta.Y en el poder religioso, poquito… Usted dijo en otra entrevista que se trataba de “señores de avanzada edad, con aficiones a llevar faldas largas de colores y muchas cosas en la cabeza, a los que no se les puede dejar juntos diciendo cosas”… Las religiones son –y no es una frase mía– el saber acumulado de la humanidad durante tiempos en los que no era posible otra acumulación del saber. Transmiten un tipo de conocimiento sumamente antiguo y también sumamente esclerotizado. Y en ese saber la jerarquía viril ocupa un puesto muy importante. Es imposible de cambiar, porque es la manera en que la inercia hace que la sociedad se reproduzca bien, sin mayores cambios ni momentos incontrolables.
¿No sería necesaria una mayor presencia de las mujeres en las carreras técnicas, las que teóricamente abren la llave del futuro en esta sociedad tan progresivamente tecnificada? Usted ha dicho que le hubiera gustado ser ingeniera de Caminos… Es que los puentes ¡son tan bonitos!… Y bueno, ya no son tan minoría las mujeres en las escuelas técnicas.
Algunos datos: en el curso 2012-2013, las mujeres que se licenciaron en la Universidad representaron el 59%. Pero en Ingeniería y Arquitectura fueron el 26,4%… Pero ya son porcentajes altísimos. Yo creo que eso va bien. Estoy segura de que en dos décadas ya se habrán equilibrado esas cifras entre hombres y mujeres. Es evidente que significará un gran cambio en el mundo laboral, así que imagínese dentro de un siglo… Elena Salgado [ingeniera industrial, exvicepresidenta del Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero] me transmitió esta anécdota que es muy buena. Ella era la única mujer en las clases, y varios de sus profesores, de un modo indefectible, una vez que escribían algo en la pizarra decían: “¿Entendido?”. Y la clase decía: “Sí”. Y seguidamente preguntaban: “Y usted, señorita, ¿también lo ha entendido?”.
¿Lo puedo citar? Claro.
¿Cree que los nuevos medios, Internet, redes sociales, van a contribuir a generar un mayor grado de igualdad entre hombres y mujeres? A ver, la mitad de Internet es pornografía. Y la pornografía no es precisamente una buena aliada para lograr ese fin, incluso a pesar de que las chicas feministas veinteañe­ras se han inventado una cosa llamada el posporno. La verdad es que resulta muy disuasorio verlo, porque ni es pos, ni es porno ni es nada. Las cosas son lo que son y a veces no hay manera de cambiarlas. Entonces, la Red y esas cosas…, bueno, depende de lo que le metamos. Es cierto que la Red, digamos Internet, está regida por el efecto mateo. A quien tiene se le dará y al que no tiene se le quitará lo poco que tiene. O sea, si tú llegas y ya tienes una formación académica corriente, entonces sabes qué buscas y dónde lo buscas. Si no lo tienes, no te da nada. Es así. Por eso la educación sigue siendo lo más importante.
¿Las redes sociales? Yo me hice de Facebook con gran interés un día que estaba dando un paseo por el pueblo donde voy de vacaciones en verano y vi a dos señoras, populares hasta la médula, que pasaban y le decía una a la otra: “Entonces, dije yo en Facebook: ‘¿Cómo es que te atreves a decirme aquello?”. Y la otra le contestó: “Hombre, es que es en Facebook lo que yo te diga. Porque yo el otro día en mi muro…”. Yo me quedé como así, y me dije: “O sea, que este par de señoras están en Facebook y yo no”. Y aquella misma tarde llegué a casa y me hice de Facebook. Me pareció que tenía yo que estar allí, porque era evidente, vamos. Y allí estoy, encantada de la vida.
Violencia machista. ¿Todavía hablaremos de ella en 2150? ¿Será posible que una ingeniera astronauta esté llegando a Marte y, en Oslo o Madrid, haya un señor dándole puñetazos a su mujer? Los seres humanos somos violentos, partamos de algo compartido. Tenemos una agresividad, tenemos adrenalina y la violencia nos sirve también para marcar el territorio, y la individualidad no puede prescindir nunca del todo de marcar la frontera y de una cierta agresividad. Está ahí. Hemos domado lo más que hemos podido la agresividad. Aun así, ¿qué es lo más repugnante de ese tipo de violencia? La diferencia de fuerza. Es decir, que alguien realmente ataca a otro porque el otro no puede defenderse. Entonces, eso, aparte de todo, es una canallada en sí. Dar golpes a una mujer que no te los puede devolver es como pegar a un niño. La gente que hace esas cosas, maltrata a niños o a mujeres, no es gente… Son hediondos. La pregunta es, ¿va a seguir habiendo personas hediondas sobre la tierra?
Y asesinos, y corruptos… La cuestión que deberíamos plantearnos es si habrá tolerancia social hacia ella. Y la respuesta, sin duda, es no. Cada vez menos. Esa violencia hace años simplemente no tenía ni el nombre de violencia. Era el modo de ser normal de las cosas. Ya estaba. Y sigue siéndolo en muchos sitios, donde golpear a la mujer propia es una actividad digamos de gimnasia matutina. Tú, según te levantas, le sacudes un poco, por aquello de “pega a tu mujer todas las mañanas, porque, aunque tú no sepas por qué, ella sí lo sabe”. O la expresión que usó también Miguel Lorente: “Mi marido me pega lo normal”. Un horror.
Pero las nuevas generaciones, las que vivan en el siglo XXII… A mí me sorprende cuando la gente dice “pero si eran jóvenes”. Todavía creen que, por haber nacido después, ya traen de serie el escalón incorporado. Y no, qué va, crecen más porque toman muchos lácteos y esas cosas. Pero eso no quiere decir que nazcan con los valores éticos ya instalados. El escalón que yo llamo lo tiene que subir cada uno.
Paridad, cuotas… Soy totalmente partidaria de la paridad. Y de las cuotas, porque es la única manera de romper las estructuras. Es que, si no lo haces, la estructura que se te aparece es la inerte, es la que va de soi. Es muy difícil romper una inercia social tan fuerte, en la que se reparten entre ellos tanto la innovación como los beneficios. Ese grupo nunca suele ser mixto. En nuestras sociedades, donde la prevalencia viril es lo que hay, serán grupos viriles. Como mucho, captarán a una o dos mujeres, a las que tratarán realmente como a la mascotita, a la niña del regimiento. Esto es, las tratarán muy bien, pero no querrán a más mujeres allí. Ya habrán cumplido.
Cuestiones concretas. ¿Habrá ablación? No. ¿Todavía hablaremos de cuotas en el siglo XXII? Todavía. Porque siempre que hablemos de paridad tenemos que lograr que la gente note que el mérito está en cualquiera que lo cultive. Y que no puedes descartar a nadie por su sexo, o por su pelo, o por sus opciones amorosas, o por lo que sea. Y, además, hay que propiciar grupos humanos donde gente muy diversa esté haciendo cosas conjuntas.
¿Habrá poligamia? Espero que no. Incluso en los países oficialmente poligámicos porque su religión se lo permite, pensemos que el porcentaje real de la gente con poliginia es reducidísimo.
¿Aborto? El aborto es una de las cosas que más nos ha costado legislar. Fíjese que en América Latina, por ejemplo, solo está legalizado en Uruguay, en el Distrito Federal de México, en Puerto Rico y en Cuba. Yo creo firmemente que las leyes de plazos son las mejores leyes. Y en cien años se impondrán, sí… Porque si no se consigue, bueno, se impondrá lo evidente, al igual que se han alcanzado técnicamente todas las píldoras del día después y otras cosas parecidas. ¿Cuánto tiempo van a ignorar las leyes esas evidencias? Yo lo que creo es que dentro de cien años la mayor parte de los países tendrá leyes de plazo, pero la cantidad total de abortos habrá disminuido.
Los avances médicos que facilitan a las mujeres no necesitar a los hombres para tener hijos, como la inseminación artificial, ¿qué consecuencias cree que pueden tener en cien años? Me parece una opción excelente para las personas que quieren utilizarla y que refuerza, sin ninguna duda, la independencia de la mujer. Pero de ninguna manera creo que en cien años se generalice…
Usted tiene muy clara su posición sobre la prostitución. ¿Pero habrá prostitutas dentro de cien años? No lo sé, porque las razones por las que la prostitución existe ahora y las razones por las que existía hace cincuenta años no son las mismas. Pero si alguien tiene los recursos y puede forzar a otro por dinero a tener sexo, dependerá de dónde esté entonces el diferencial de los recursos: quién puede comprar. Y si alguien compra, alguien vende. Tráfico de órganos –digo, por ponernos ya en cosas terribles– ¿habrá? Pues si alguien tiene todos los recursos y alguien está en una posición extremadamente vulnerable, no puedes asegurar que no se produzca. La verdad es que estaría muy bien que no existiera y que todo el sexo que la gente tuviera fuera libre, consentido y no mediado ni por el poder ni por el dinero. No sé si esto es posible.
No está usted de acuerdo con la legalización, ni con aquello de que es un trabajo como cualquier otro. Dijo una vez que “si lo ven tan bueno, recomiendo a quienes lo propugnan que practiquen ese trabajo cuando se vean mal de fondos”. Reglamentar la prostitución es una atrocidad. Así, directamente, una atrocidad. La prostitución ha estado regulada siempre, desde que el mundo es mundo. Normalizada, sometida a abusos, sujeta a impuestos. ¿Qué se logró en el siglo XX? Desreglamentarla. Recordemos el discurso de John Stuart Mill cuando se presenta en el Parlamento británico la idea de que las prostitutas tienen que someterse a revisiones. Stuart Mill pregunta: “¿Se va a someter a revisión a los que las compran? Porque pueden estar enfermos”. “No, solo a ellas”, le contestan. Entonces, no, respondió. Volver a regularla sería una atrocidad. Y toda la gente que habla de legalizar la prostitución, en realidad habla de reglamentar la prostitución. El problema es: si alguien quiere comprar sexo, ¿hay que facilitárselo? ¿Comprar sexo es una buena actividad en sí misma? ¿Tiene que haber, en fin, un libro de reclamaciones? Francamente, no. ¿Qué es lo que muchos varones van a buscar en la prostitución? Si lo dicen ellos mismos. Aquí no hay que investigar tanto a las mujeres que se prostituyen, sino a los varones que compran para saber qué quieren. Siempre se les ha preguntado a ellas. Hay que preguntarles a ellos: “Cuando vas, ¿qué buscas?”. Esas investigaciones acaban de empezar. Y, por cierto, dan resultados muy interesantes.
¿Como cuáles? Pues aparece que lo que van buscando es estigma. No van buscando sexo, van buscando la ilusión del estigma, la ilusión de la sumisión, la ilusión de la absoluta disponibilidad. Justamente lo que no tienen en la vida real. Pudiera significar algo tan curioso como que cuanto más libre te veo, en algunas cabezas, más sumisa te deseo.
(A estas alturas de la conversación, Valcárcel ya ha citado a varios filósofos –o historiadores, o sociólogos, o antropólogos– de procedencia variada: “Son chinchetas para estirar la piel del animal y hacerme un mapa más reconocible para lo que yo misma voy diciendo. Pero usted ni los cite, que son cosas mías). Hablemos de Asia o África. Hay una cosa sobre la que no queremos reflexionar porque no nos gusta. Las democracias en el planeta Tierra son una minoría. ¿Va a cambiar eso en un siglo o vamos a asistir a una radicalización de las posiciones que haga casi inevitable un conflicto de dimensiones inimaginables? No lo sé. Yo quiero creer que poco a poco esos enormes Estados que todavía no tienen democracia irán adquiriendo otros valores. Pero la verdad es que eso lo pensó Francis Fukuyama. Se le ocurrió decirlo en un libro, lo llamó El fin de la historia. Todo el mundo se metió con él. Todo el mundo, que no lo había leído, se metió con él. Pero uno que sí lo había leído, se metió con él a fondo. Fue Samuel Phillips Huntington, que había escrito sobre lo mismo, sobre si avanzaba o no la democracia sobre el planeta.
Huntington escribió nada menos que El choque de civilizaciones. Ese es el terreno de juego. Lo que Huntington dice ahí es muy fuerte y hay que tenerlo siempre en cuenta. “Todas las civilizaciones son permeables a las innovaciones técnicas de otras”. Una civilización descubre algo, fabrica una innovación técnica y, aunque ponga todo el esfuerzo posible en que eso no salga de ahí, seguro que lo hace. Traducción al tema que nos ocupa: en India, por ejemplo, donde lo único que se les ha ahorrado a las mujeres es la ablación, pero porque no se les ocurrió, pienso yo, pensaron una lista de putadas, pero en esa no cayeron, pues en India, digo, está naciendo una creciente conciencia de injusticia enorme para con las mujeres, lo que sin duda lleva hacia un proceso imparable de mejora. Antes hablábamos de las carreras técnicas. En India hay una incorporación tremenda de la mujer a esas enseñanzas. Es un cambio absoluto. Pero la rapidez de ese proceso irá en paralelo, insisto una vez más, a la mejora global de la democracia en todo el país…
El islamismo y la mujer del siglo XXII… El islamismo está en este momento en una posición de resistencia tan fuerte que las personas que son musulmanas y moderadas no se atreven a expresar una opinión. Nadie esperaba que la novedad del siglo XXI fueran las guerras de religión. Pero incluso en países musulmanes estrictísimos, como Irán, que, aunque es un país que todavía no he podido estudiar, tengo bastantes noticias, por lecturas o por personas iraníes a las que conozco, están ocurriendo muchas cosas. Tienen un problema con la presencia de las mujeres en la Universidad. ¿Qué han hecho? Cerrarles, prohibirles determinadas carreras. Entre otras cosas no pueden estudiar inglés. Por lo visto es muy pecaminoso. Cosas así. Bueno, yo me comunico por Facebook con decenas de chicas iraníes que tienen un inglés mucho mejor que el mío. La fuerza de la mujer como “yo tengo derecho a una vida distinta” no se puede parar de ninguna forma.
La presencia del islam en Europa, cada vez más… Sí, cada vez más porque nuestras sociedades son permeables. El asunto es la transigencia. La idea de tolerancia fue desarrollada en Europa y a partir del siglo XVII para que se entendieran entre sí las confesiones cristianas diferentes, que solían ser terriblemente violentas. Ahora la idea de tolerancia hay que aplicarla a sociedades que tienen doctrinas religiosas diferentes. Pero me temo que si no hay un suelo común de creencias morales compartidas, previas y superiores a las religiosas, no hay manera. Lo primero es que todo el mundo esté de acuerdo en la tabla de mínimos y que estos sean los derechos humanos y los derechos individuales de las mujeres. Y si eso realmente no ocurre, no puedes aplicar la tolerancia.
¿Qué tenemos que hacer en Occidente para lograr ese objetivo? Es un problema gravísimo. Lo que no puede soportar una democracia es un tipo de identidad que se resiste a la asimilación. Que una persona prefiera vivir aquí porque tiene condiciones de habitabilidad mayores y no quiera comprender que las tiene porque hemos roto grandes normas que él o ella se obstinan sin embargo en mantener no es aceptable. Escapas de tu sociedad porque es inhabitable y la quieres reproducir en otra parte.
Bien, ¿y qué hacemos? Educación.
La polémica clásica del velo, ¿permitimos el hiyab en la escuela? No, yo creo que en esto hay que seguir a Francia, que tiene más… No cabe ser originales en cosas que están bien probadas en otras partes. Si tú dejas proliferar determinados signos ­diciendo que son religiosos y en realidad solo apuntan al sometimiento y a la honestidad de las mujeres, no puedes decir seriamente que eso sea un signo religioso y no puedes tratarlo con el argumento de la tolerancia. No hay que ceder ante un padre que va en vaqueros y camiseta, pero su hija, con hiyab.
Para acabar, ¿optimista o pesimista ante la evolución de los derechos de las ­mujeres en el siglo próximo? No soy pesimista, no. En Naciones Unidas ­–creo que fue– se inventó una fecha. Yo no sé qué ­extraños cálculos hicieron, y me parece que dijeron que en el año 2426, ­no ­recuerdo si era 26 o cuarenta y algo… En ese año, ­dijeron, el equilibrio entre ­varones y ­mujeres estaría conseguido, no sé qué algoritmo utilizaron para llegar a esa cifra, y por lo tanto me fío tanto como del obispo aquel que descubrió que el mundo se había creado a las tres de la tarde, y sabía hasta el día de la semana en que se había producido. Solo sé que si queremos realmente que este mundo nuestro, que es bastante mejor y más habitable que los anteriores, perviva, tenemos primero que saber bien qué es, y aprender a defenderlo con las mejores ­razones. Nuestro mundo no pertenece a la cadena espontánea de las cosas. La democracia no viene de serie, la igualdad no viene de serie, la libertad no viene de serie. Las mujeres somos muy frágiles, de acuerdo, pero no es fácil acabar con ­nosotras porque lo que tenemos lo tiene todo el mundo y todo el mundo lo ama.

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