martes, 28 de julio de 2015

Wassyla Tamzali



La argelina Wassyla Tamzali es partidaria de llamar a las cosas por su nombre. En «El burka como excusa» (Saga editorial) Tamzali aconseja a nuestros dirigentes que aborden el problema más allá de la coyuntura política.Veterana luchadora por los derechos de las mujeres, le indigna ver cómo el Gobierno español frenó la prohibición de «ese sudario» porque identificaba la iniciativa con la derecha.
—¿El burka no es musulmán?
—Definitivamente, no. En los países musulmanes es pre-islámico y su práctica está delimitada: península arábiga, Afganistán, sur de Irán... El burka no tiene nada que ver, por ejemplo, con la población bereber del Magreb: las mujeres bereberes no llevan velo.
—¿Ni un símbolo religioso?
—No es un símbolo religioso. No existe ningún pasaje del Corán que hable del burka: supone, pura y simplemente, un símbolo de dominación. Una forma de terrorismo intelectual, religioso y moral contra la libertad de las mujeres.
—Hay quien habla de «feminismo islámico».
—El «feminismo islámico» es un oxímoron, una impostura que se ha infiltrado no sólo en las universidades, sino en organismos internacionales como la Unesco. Las instituciones europeas dedicadas al diálogo con los países del sur del Mediterráneo también han escogido el llamado «feminismo islámico». En España ya se conocen las posiciones ambiguas de la Casa Árabe, y ahora hay que añadir la de la Casa del Mediterráneo de Alicante. No nos engañemos. El feminismo es una ideología de liberación y el islam es de obediencia.
—Afirma que la izquierda no se enfrenta al burka...
—El discurso de la izquierda no deja de sorprenderme. Soy consciente de que hay que controlar la islamofobia de la ultraderecha, pero las respuestas de políticos, intelectuales y feministas de izquierda son inaceptables, erróneas. El pensamiento posmoderno ya no aspira a transformar el mundo, lo acepta tal como es y afirma que el universalismo es europeo y no se debe imponer a otras culturas. La izquierda es incapaz de formular una moral: todo le parece tolerable... La barbarie del burka no hace callar a los corifeos del culturalismo.
—Presentan el velo como un acto de libertad religiosa...
—Si discutes el velo te adscriben a la derecha: no se lo cuestionan porque su idea de libertad se funda en la voluntad subjetiva.
—¿Cómo ve las revueltas en el mundo árabe?
—En esas revueltas nadie ha escuchado eslóganes antioccidentales, ni antiisraelíes, ni proclamas islámicas. Por primera vez, desde la independencia, los pueblos árabes ponen la Historia en marcha. Con la descolonización, la Historia quedó frenada con las dictaduras militares de Siria, Egipto o Argelia.
—Gadafi asegura luchar contra Al Qaida.
—También decían que eran el freno contra el islamismo y por eso los apoyaba Occidente. No se lo crea. Totalitarismo e islamismo se retroalimentan.
—Muchos historiadores sugieren que el islam no ha vivido una Reforma como el catolicismo. ¿Los cambios políticos pueden ayudar?
—El catolicismo se reformó cuando cambiaron los sistemas políticos. La caída del absolutismo abrió las puertas a la reforma religiosa. Este cambio político, si se produce, comportará una reforma en la religión musulmana.
—Dice que muchos musulmanes ya no se reconocen en el islam...
—Si los católicos no se identifican con la Inquisición es lógico que algunos musulmanes no crean en un islam absolutista.
—Quienes no se oponen al burka argumentan que es un fenómeno minoritario, que prohibirlo provocaría un efecto rebote entre los musulmanes más antioccidentales...
—De los musulmanes integrados en la vida democrática no se habla. Es un islam silencioso, mientras que el islam violento acapara los medios. Cuando hablamos de burka nos referimos a un símbolo, no a una simple prenda de lino.
—¿Y la Alianza de Civilizaciones?
—La izquierda española se ha hecho adepta del relativismo cultural. La Alianza de Civilizaciones es un «gadget» político, la respuesta al Choque de Culturas. Si el Choque dividía el mundo entre buenos y malos, la Alianza lo subdividía en civilizaciones múltiples que había que respetar. Acaban en lo mismo: explotar las diferencias.
—Supongamos que los países árabes alcanzan la democracia. ¿Qué hacemos si, como sucedió en Argelia, un partido islamista gana las elecciones?
—El peligro islámico en Argelia ha pasado y no creo que Egipto o Túnez salgan de una dictadura para caer en otra. El peligro es que los militares que controlan aún el poder, como en Egipto, se aliaran con los Hermanos Musulmanes. Llegar a un acuerdo resulta fácil entre quienes no creen en la democracia.

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