martes, 4 de agosto de 2015

Un día con la alcaldesa






Un mes y medio al frente de la alcaldía de Barcelona da para lo que da. Los recién llegados al ayuntamientoprotestan de que no se les han dado los 100 días de gracia y que la lupa con la que se les ha vigilado tiene más aumentos de lo habitual. También es verdad que sus promesas de cambio han generado tantas expectativas y tensado tanto a partidarios y detractores, que cada gesto, por pequeño que sea, provoca un alud de reacciones.
Y al frente de este tsunami está Ada Colau, encarnación de ese blanco y negro ciudadano. Mientras sigue situándose en su nuevo papel, accede a que EL PERIÓDICO la acompañe durante todo un día. Fue el martes pasado, con una agenda repleta de actos, la mayoría internos del ayuntamiento. Quiso la casualidad que fuera el día del tiroteo en la Rambla y de la muerte de un niño atropellado por un bus de TMB.
La alcaldesa cumplía el martes 45 días en el cargo. «Lo que más me está costando es no controlar mi agenda: que sin hacer nada esté repleta de citas institucionales. Necesito tiempo para estudiar a fondo lo que pasa en el ayuntamiento», reclama. A tres días de irse de vacaciones (se fue el viernes al cabo de Gata, en Almería), las estrecheces horarias y la sensación de vértigo por la montaña de cuestiones pendientes era enorme. Por este motivo, el ritmo fue frenético durante más de 14 horas.
Pasa un minuto de las ocho de la mañana cuando, sonriente, aparece en el portal de su casa, en la calle de Còrsega, en el barrio del Camp d'en Grassot (distrito de Gràcia). En la acera le esperan los dos agentes de la Guàrdia Urbana de paisano que no se separarán de ella hasta la noche. Discretos, vestidos con ropa sport, guardando la distancia física que ella les pidió desde el primer día. Colau vive cerca de la parada de la línea 5 (y 2) de Sagrada Família pero prefiere ir caminando hasta Verdaguer, la L-3, para ir directamente sin transbordos hasta Jaume I. Son cuatro estaciones.
El trabajador de la taquilla del metro la saluda amigablemente, la ve casi cada día. La primera cita en el ayuntamiento es con una quincena de técnicos con los que analiza la auditoría de calidad del espacio público, un estudio semanal muy detallado de ciertas zonas sensibles de la ciudad en los que se vigila la limpieza de las calles, papeleras o contenedores; la señalización o aspectos sociales como la presencia de mendigos o recolectores de chatarra.
La concreción es tal, que se puede saber cuántas papeleras han encontrado repletas, cuántas personas han dormido en la calle o cómo se comporta la venta ambulante. Con el gerente municipal, Jordi Martí al frente, la alcaldesa va escuchando los argumentos de estos expertos. Atiende sus explicaciones con un gesto muy personal, que es asentir constantemente con la cabeza («peco de un exceso de empatía porque hasta cuando habla la oposición digo sí, a pesar de que a veces no esté de acuerdo», se ríe de sí misma), mientras vigila página a página los datos del informe y toma notas.
En la reunión, el responsable de la Guardia Urbana admite que en la Barceloneta se vive una «calma tensa» pero que no hay demasiadas llamadas de quejas de vecinos. Espontánea, suelta un «miedo me da, miedo me da». Pregunta también a sus interlocutores, en plena discusión por las terrazas, cómo se vive este conflicto en los barrios. Al contrario de lo que cabría esperar, le responden que las quejas se concentran en los ruidos que provocan y no tanto en el espacio de más que ocupan las mesas en las aceras.
Una hora después, sale satisfecha de la sala -«Aprendo muchísimo, hay gente en este ayuntamiento que es un pozo de sabiduría», loa- y, a paso ligero, cruza el edificio Novíssim para atravesar luego el nuevo y acabar en las dependencias de alcaldía, en la parte más ilustre. Explica que los primeros días le costó mucho habituarse a ese estilo recargado, con vitrinas, moquetas y óleos por todas partes.
Cuenta que también fue por eso que eligió un despacho mucho más funcional del que había ocupado Xavier Trias o los anteriores alcaldes socialistas. Colau trabaja en un espacio de no más de 12 metros cuadrados, con una mesa pequeña en la que tiene un ordenador (que casi no consulta, suele hacerlo todo con el móvil) y algunas carpetas. En la misma estancia hay otra mesa de cristal más grande, que es la que usa para despachar con sus colaboradores.
Cuando tiene una visita, regresa al despacho más oficial, el de maderas nobles, que a ella se le antoja lejos de todo. Esa obsesión por no perder los orígenes explica también el cartel que ha colgado en la puerta de su despacho en el que se lee: «No olvidemos nunca quiénes somos y por qué estamos aquí». En las salas contiguas están algunos de sus colaboradores más estrechos: su jefe de gabinete, Manu Simarro; la jefa de secretaría ,Àngels Llorens, o el asesor Aitor Hernández.
A ellos, ya repartidos por el resto del laberíntico edificio, se suma la directora de comunicación, Águeda Bañón, o la responsable de las redes sociales, Sílvia González-Laa. A la mayoría los conoció al crear la candidatura ciudadana de Guanyem. No tienen experiencia en la Administración pero rechazan que sean ingenuos. «¿Qué quiere decir que las cosas siempre se han hecho de una determinada manera? ¿Por qué debo dar por buena una afirmación así?», se rebela la alcaldesa. Considera que si ganó las elecciones municipales en mayo fue en gran medida porque planteó una forma distinta de hacer política.
Esa falta de bagaje se suple, de momento, con muchas horas de trabajo. Y con errores. Como contraprogramarse a sí mismos y retirar el busto del rey Juan Carlos I el día antes del pleno sobre pobreza. De lo que empiezan a ser conscientes (y eso que todavía no ha comenzado el curso normal, con comisiones y plenos ordinarios) es de que están en minoría flagrante y necesitan ayuda. Tienen 11 de El martes, Colau elige visitar la sede de Ciutat Vella acompañada de la concejala del distrito Gala Pin. Son muy amigas aunque la edila se queja de que últimamente casi no la ve. Hablan entre ellas en castellano. Una de las ventajas de caminar por las calles del Gòtic o el Raval es que el alud de turistas convierte en invisible a la mujer que manda en el ayuntamiento.
Solo unos visitantes vascos aciertan quién es y la saludan. Ella sonríe, siempre lo hace. En la plaza de Sant Jaume una concentración de afectados por la hepatitis C le explica sus reivindicaciones y ella les aconseja que hablen con la comisionada de Salud, Gemma Tarafa. «Enviadle un correo», les dice. Este parón, foto de grupo y ánimos de fans incluidos, roba unos minutos al horario previsto. Pero Colau camina deprisa, con sandalias planas, y en nada está en la calle de Ramelleras.
Allí no tiene prisa alguna. Va mesa por mesa saludando a todo el mundo con dos besos. La actitud de la mayoría de los funcionarios (mejor dicho, funcionarias, que son el 90%) es de gratitud. Les pregunta qué hacen, cuánto tiempo llevan en el distrito. Pin la guía hasta Foment de Ciutat Vella y después hasta la comisaria del distrito, la primera que visita, territorio delicado. El intendente mayor Ricardo Salas les hace de cicerone y acompaña a Colau a una sala con un centenar de agentes, a punto para el cambio de turno. Se planta frente a las miradas gélidas de los guardias y les suelta: «En la Guardia Urbana ha habido casos polémicos y vuestro trabajo es ingrato pero os dejáis la piel. Con humildad y determinación, queremos ayudaros a poner en valor lo que hacéis». Los agentes acabaron aplaudiéndola.
Y mientras trata de comunicarse con poco éxito por teléfono con la oposición para contarles el tiroteo y el atropello mortal, se dirige a la plaza del Diamant, donde le espera su suegra, que juega en el parque con su hijo, Luca, de cuatro años. El crío quiere acompañar a su madre al teatro pero ella le convence de que es una obra «para mayores» y que en breve estarán «en la playa del yayo Ramon», o sea, de vacaciones en Almería. Acaba la jornada en el Grec viendo La imaginación del futuro, de una compañía chilena. El adjetivo que mejor define estos 45 días es «intensidad».
Ya por la tarde, tras comer en un restaurante cerca del consistorio, atiende a la corresponsal de...

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